La huelga / Colección Pandemonio (Cuentos de pandemia)

Por Ek Balam

Parte I

Era un miércoles cuando Enrique se enteró de que, a partir del día siguiente, no se presentaría a clases en su escuela.

La noticia, como a él, desconcertó a muchos de sus compañeros.

A sus escasos ocho años de edad, Quique, como le decían de cariño quienes lo conocían y estimaban, realizaba procesos mentales deductivos un tanto adelantados para su edad, derivado de su convivencia cotidiana con adultos.

Era común que, en su calidad de hijo único, sin buscarlo, quedara inmerso en una conversación “de adultos”, en una sobremesa o en un encuentro ocasional.

Ello, aunado al hábito de la lectura nocturna, previa a la hora de dormir, fomentado estratégicamente por acuerdo de sus padres y llevado a cabo por su mamá, principalmente, había provocado que su vocabulario fuera más rico que el de muchos niños de su edad.

También se reflejaba en las conclusiones a las que llegaba después de dichos procesos cognitivos, las cuales callaba en muchas ocasiones porque, incluso a él, le sorprendían.

Una vez, por ejemplo, llegó a la conclusión de que el sistema de representatividad del sistema político (no precisamente con esas palabras, pero esa era la idea), en su país y en el mundo, no era justo, porque diputados y senadores no representaban (una redundancia se le permite a un pequeño de ocho años) a la gente que votaba por ellos. Conclusión a la que llegó después de haber preguntado a su mamá si sabía quién era diputado en su colonia (otro pequeño detalle que se le perdona a Quique, por su inexperiencia) y obtuviera un par de hombros levantados como respuesta.

Ese fin de semana, los padres de uno de sus compañeros, y amigo, organizaron una comida a la que asistieron los papás y mamás de seis alumnos más de la generación de Quique. Habían hecho un grupo, pequeño sí, pero cohesionado, que tenía ya un peso específico entre los padres de familia y los profesores del grado que cursaban los niños.

Sin saberlo, esa sería la última vez que Enrique vería a ese grupo de amigos en meses.

No obstante, el recuerdo del buen rato que pasaron juntos perduraría y le serviría para sobrellevar el aislamiento, en una primera etapa, las restricciones al movimiento, en una segunda, y las actividades remotas, en una tercera.

Papás y mamás contaron anécdotas, individuales y de pareja. Rieron como pocas veces lo habían hecho en reuniones anteriores.

Niños y niñas jugaron, en grupo, a veces; por género, otras. Salvo un incidente en el que el hermano menor de Claudia tiró un florero y lloró, más por el susto que por el golpe, todos gritaron y rieron constantemente.

Música, buena comida, buenos vinos, plática, historias, bromas y risas fueron el ambiente que prevaleció en la reunión.

Parte II

La profunda modificación a los hábitos de Quique, Quiquillo como secretamente le llamaban sus papás y sus abuelos (no lo hacían en público porque lo abochornaban), derivaba de un padecimiento que rápidamente había adquirido tintes masivos que obligaron a la institución internacional relacionada con la salud a hacer la temida declaratoria, bajo la cual se generalizaba la descripción de su propagación.

Diferentes mundos se habían paralizado. El de Quique. El de sus papás. El de la sociedad en su conjunto.

La necesidad de detener la transmisión de la enfermedad había generado la obligación, moral, no coercitiva en su país, de reclusión domiciliaria.

Si no había opción y se debía salir del confinamiento por cuestiones esenciales, como alimentos y enseres básicos, agrandar el espacio personal era una de las medidas para no contagiar ni ser contagiado.

Todos los sectores, sociales, económicos y culturales se vieron afectados, influenciados y, en algunos casos, incluso, como la fabricación de material de protección para ojos, nariz y boca, beneficiados, pero nadie podía decir que la situación no hubiera tenido algún impacto, directo o indirecto, sobre su persona, relaciones, posesiones o actividades.

La cotidianeidad de Quique no fue la excepción. Tuvo que bucear en el cúmulo de juguetes que tenía relegados a segundo plano en su habitación, con los que no jugaba hacía tiempo.

Rearmó dos rompecabezas, uno de quinientas piezas y otro, de mil. Construyó un castillo con bloques de construcción de plástico, que sirvió de escenario para un video que hizo en una aplicación, con técnica stop motion, y que musicalizó con una pieza instrumental de principios de siglo.

Sus papás procuraron que se mantuviera activo, con tres o cuatro entrenamientos por semana. A veces era bicicleta, otras, correr. Habían encontrado un lugar en el que podían ejercitarse sin necesidad de estar cerca de otras personas.

Eso, en cuanto al juego, esparcimiento y ejercicio.

La escuela era un tema distinto.

Una semana después de ordenado el confinamiento “voluntario”, las escuelas, incluida la del pequeño Enrique, implementaron un esquema de clases en línea que provocó diversas y variadas reacciones, que, en una consideración simplista y reduccionista, podrían clasificarse en “a favor” y “en contra”.

Esa polarización en blanco y negro, que gusta profundamente en ciertas corrientes políticas, se materializaba en los niveles educativos básicos, ante la idea de enseñar a distancia.

Era una medida que ayudaría a la subsistencia de no pocas escuelas, ya que, de otra forma, no se habría justificado el cobro de colegiaturas y la gran mayoría se habría visto en la necesidad de cerrar definitivamente.

El profesorado tuvo que idear cómo intentar transmitir conocimiento, aunque fuera mínimo, de manera remota. Los más sensatos daban una explicación breve al principio de la sesión, dejaban que el resto del tiempo los alumnos trabajaran en silencio frente a la cámara, sin ver la pantalla, con música de fondo, y pedían que mostraran el resultado a la cámara para tener evidencia de lo hecho en clase. Sin embargo, lo encargado a los estudiantes no pasaba de un dibujo o una copia de algún texto de un libro, que los educadores esperaban fuera memorizado por los niños.

Otros, fomentaban la apatía y el desgano indirectamente, al pedir que “para activarse” bailaran al ritmo de alguna canción sosa, de moda o totalmente anacrónica, pero sosa, que los alumnos aborrecían y los profesores no parecían, o no querían, notar.

Unos más compartían su pantalla con los educandos para hacerles ver videos sobre juegos de percusión con las manos o de papiroflexia, lo cual, seguramente, consideraban que servía para activar el razonamiento espacial y lógico, pero que los alumnos sufrían ostensiblemente.

Los papás manifestaban su preocupación por la incidencia de delitos cibernéticos y trataban de inculcar medidas de seguridad en sus hijos, para evitar ser blanco de dichas conductas. También, cuestionaban la eficiencia y eficacia de los métodos utilizados.

A unas cuantas semanas de haber iniciado con esa modalidad, algunos niños tuvieron repercusiones en la visión, por la exposición a la luz que emiten las pantallas de los ordenadores, tabletas o celulares desde los cuales se conectaban a las sesiones. Tuvieron que ir a consultas con especialistas. Algunos de ellos comenzaron a usar anteojos.

Todo, en su conjunto, generó presión en los diversos componentes del sector educativo y era necesaria una válvula por la cual fugar ese hálito de inconformidad que se traduce en inconformismo, reformismo y otros “ismos”, cuando se condensa en el canal adecuado.

Parte III

Quiquillo navegaba en el nuevo escenario, el cual, con las medidas de confinamiento, había cubierto de imposibilidad muchas de sus actividades. Ya no podía salir. Su vida ya no era “normal”, cualquier cosa que eso significara. No podía jugar con sus amigos de la escuela. No había entrenamientos de futbol, tenis o natación. No más juegos hasta el anochecer con los vecinos.

Dentro de todo, la pequeña (por edad biológica) gran (por su precocidad y nivel de reflexión) mente del niño veía aspectos positivos. No podía permitirse alimentarse mal, debía obedecer y seguir las recomendaciones de quienes le dieron vida.

Asimismo, el confinamiento le generó una constante consideración por la salud, propia y la de su familia.

Pero en lo que no podía concebir algún aspecto positivo era en lo relativo a las clases en línea.

-Horribles-, pensaba para sí y comentaba con sus contemporáneos vecinos, una vez que pudieron jugar, después de que sus padres cayeron en cuenta de que no podrían impedir que convivieran, al menos, en ese pequeño grupo de no más de diez pequeños.

-No son buenas para el cerebro- afirmaba Mateo.

-Cansan los ojos- reprochaba Seb.

-Los lastiman- agregaba Andrés.

-No aprendemos- sentenciaba Ema.

-Ya se me olvidó cómo multiplicar ocho por nueve- remataba Valeria, con la carcajada de todos de fondo.

Las maestras siempre decían que la televisión o las pantallas quitan la inteligencia y ¿a qué nos ponen ellas ahora? A ver pantallas o televisión¾ respondió, en tono molesto, Quique a su papá, cuando le preguntó sus impresiones sobre esa modalidad.

Además de ello, había que sumar la dificultad de interactuar con treinta personas conectadas al mismo tiempo en una sola reunión virtual, cuando, por ejemplo, se termina de explicar un tema, surgen dudas y una docena de pequeños plantean su duda al unísono.

Durante una tarde de juego, luego de un comentario que sugería que renunciaran a las clases en línea, Quique tuvo una idea: declararse en huelga. Luego, pensó en proponerlo a los niños vecinos.

Todos coincidieron en que debería de organizarlo para que ningún niño tomara ese tipo de clases. No debían obligarlos.

Si bien las habilidades de internauta de Enrique eran limitadas, debido a que sus papás limitaban el tiempo que pasaba frente a una pantalla o conectado a la red, desde mucho antes de la nueva modalidad de clases, logró arreglárselas para que Lía, una de las niñas mayores del grupo de vecinos, preparara el mensaje que, después se transmitiría, con una cuenta ficticia, en redes.

Parte IV

La convocatoria surtió efecto. La respuesta fue descomunal. En minutos, llegó a diez mil seguidores. En cinco horas, la publicación había sido compartida 32 mil 683 ocasiones. Esa noche aparecía entre los tres temas más relevantes.

Al día siguiente, era, por mucho, el asunto de mayor importancia (medida por el número de veces que se comparte y no por el fondo de los contenidos) en redes.

Los mensajes fueron tantos y en su inmensa mayoría mostraban apoyo a la propuesta de Quique:

Huelga. No tomes clases en línea. No sirven. Lunes 21 no te conectes.

Nunca antes tal simplicidad había provocado tal movilidad en las, normalmente apáticas, redes.

Hubo incluso mensajes de medios de comunicación que solicitaron entrevistar a la mente detrás del movimiento, así catalogado durante la primera semana después de publicado el mini manifiesto educativo.

Sociólogos, politólogos, “expertos en redes” (si es que ese título existe), entre otros, comentaban en los programas de opinión a los que eran invitados para tratar de explicar el fenómeno que se manifestaba en toda su magnificencia.

-Se trata de una mente maestra- aseguró una psicóloga.

-Es algo sin precedentes- sostenía un experto en redes.

-Esto es algo planeado con tal minuciosidad que quizá estemos ante el surgimiento de una nueva corriente política o social- resaltaba, categórico, un politólogo.

-Finalmente, tenemos un ejemplo de la defensa de la educación en este país- aseveró una doctora en educación.

-Esto es algo de tal relevancia social que quizá deba legislarse este tipo de manifestaciones, previo análisis de la validez y repercusiones legales que pudieran acarrear, las cuales podrían o no ser obligatorias, bajo coerción, una vez aprobadas por la generalidad- afirmaba un abogado.

-Se trata de algo perfectamente medido. El tiempo de antelación al evento es de sólo dos semanas, lo cual es idóneo para que se mantenga fresco en los medios de comunicación y no se agote la discusión¾ dedujo un comunicólogo, en su comentario de cierre de programa, en una emisión noticiosa nocturna de televisión.

Lo que había logrado Quique con su idea era más grande que lo conseguido por muchos políticos durante toda su carrera.

Había generado así, sencillamente, una corriente de pensamiento que partía de un solo dogma. No había habido necesidad de desarrollar conceptos innecesariamente, ni ahogarse en callejones argumentativos sin salida o hacer planteamientos teóricos que había que demostrar, aunque fuera de manera falaz, para que fueran aceptados convencionalmente por un puñado de personas y declarados como teoría de esto o teoría de lo otro.

No. En torno al planteamiento de Quiquillo se conjuntaba el rechazo a deficientes servicios de internet, a la falta de rigor educativo e improvisación en las clases en línea, a que los profesores echaran mano de materiales audiovisuales que rallaban en lo cursi y ridículo, a que hicieran que los niños, al menos en el nivel básico, bailaran y aplaudieran frente a las cámaras, un agravio que esa generación, si no lo evitaba de tajo, cargaría por años, quizá para el resto de su vida educativa o más allá.

La suerte estaba echada, el lunes 21 ningún alumno en ningún nivel se conectaría a las clases en línea. Había profesores que se habían sumado al movimiento, silenciosamente, por temor a represalias.

Las noches del viernes 18 y sábado 19 no se hablaba de otra cosa. Para el domingo, desde temprano, había mantas en los puentes, cartulinas en las ventanas, cristales de automóviles, taxis y colectivos con la misma leyenda:

El veintiuno yo me uno.

El domingo por la noche, las autoridades educativas solicitaron utilizar el espacio radioeléctrico que el gobierno tiene derecho a utilizar para dar a conocer un comunicado nacional, cuyo texto, en la parte que interesaba decía:

 A los alumnos de niveles básico, medio y superior se les comunica:

(…)

Debido a que el mal que aquejaba a la población del territorio de la nación ha sido controlado por el Comité formado por el Ministerio de la Salud, el día de mañana (lunes 21) se reanudarán las clases presenciales en las instalaciones de todos los niveles educativos. Se les pide el uso de protección en nariz y boca, así como seguir las indicaciones del personal docente, médico y de seguridad presente en los planteles (…)

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