Cho: una promesa cumplida

Foto: Henedy Macías

Por Henedy Macías

Reescribí y reescribí este recuerdo. ¿Por qué?, bueno, porque su protagonista es muy especial para mí. Tiene más de tres años que ya no está a mi lado. Solía respirar fuerte y quejarse mientras se recargaba a un costado de mi cama, sus experimentadas patas se resbalaban con el piso térmico –al que él veía con amor y odio: amor porque se acostaba en los lugares más calientitos y le fascinaba, pasaba horas girándose, y odio porque batallaba para levantarse–. 

Desde que me inscribí al curso de Non Fiction, en la Universidad de Toronto, sabía que mi proyecto final sería hablar de él –pero debo admitir que le he huido todos los días desde la primera clase; me fue más fácil recordar y escribir relatos sobre mi intermitente padre que enfrentarme a la carpeta de momentos con Chore (uno de sus tantos nombres) pues todos los días lo extraño–. Ahora lamento que mi maestra tenga que leer esto después de perder a su amada pug Daisy Lou hace un par de días. (I´m sorry)

Tomo aire y aquí vamos. Cuando lo conocí me encontraba en el Estado de México, barriendo el patio frontal en casa de mi abue –yo tenía dieciocho años–. Mientras tallaba el adoquín rojo, él (un perro joven mezcla de pastor alemán con alaska, quizá de 11 meses), se paró en la banqueta viendo hacia el horizonte. Yo me acerqué a la reja:

-¡Hola, perrito!

Él volteó contestando mi saludo con su mirada. Paró una oreja, pues la otra estaba doblada. Yo jamás había visto a un perro responder de esa forma a mi saludo –y yo diario saludaba a varios, incluso por sus nombres–, pero él contestó con brillo en los ojos y cejas pícaras, como si tuviese una voz que sólo yo percibí, y también me había dicho un amigable ¨hola¨. Ahí mismo supe que era un perro muy especial. Me acerqué y él metió la cabeza por la reja. Sin miedo toqué su cabeza, paciente, se dejó, confiando plenamente en mí; incluso me miraba la mano, como no queriendo asustarme. Le di unas palmaditas:

-Te llamaré Orejitas, porque tienes orejas disparejas.

Sonrió, porque los perros sonríen (quien diga lo contrario, no sabe nada de la vida). Me despedí de él con dificultad pues lo quería meter a la casa. Puedo decir que fue amor a primera vista. 

En aquel tiempo mi abue no me dejaba tener perros grandes, así que desistí, cobardemente, de exigir quedármelo. Con los años lo vi crecer y volverse el perro del barrio. Temido, querido, respetado, ¡se hizo leyenda! Rescató a personas de asaltos, defendió mujeres de hombres abusivos, protegió a perros más pequeños y perritas, pero era muy conocido por jugar con niños y tener muchas casas que lo acogían.

Gracias a mi amiga Valeria (a quien de juego le digo ¨Vieja¨ y ella me dice también así), y su potente voz gritona, pudimos posicionar su nombre en toda la colonia. Como una vez, mientras caminábamos cerca del mercado local, vi a Orejitas a lo lejos.

-Vale, grítale a ese perro.

-Sí, vieja, ¿cómo se llama?

-Orejitas

-¡Zaz! A ver si nos pela, porque ya lo he visto y se cotiza.

-Ojalá me reconozca, porque está lejos. Igual no me alcanza a ver.

-Oooooreejaaaaaasss –gritó Valeria cual soprano en do mayor sostenido.

De pronto Orejas se frenó, volteó y corrió hacia mí con muchísima emoción. Yo estaba muy feliz porque, de verdad, corría contento de verme y de que le gritamos (le gustaba el argüende y era exageradamente inteligente). Cuando llegó hacia mí, le di palmaditas (aunque olía horrible pero no me importaba, porque nos queríamos así). 

Muchos vecinos también eran sus amigos y le decían Orejas (después de tanto grito de Valeria), aunque descubrí que algunos le decían ¨Lobo¨. Como era grande y fuerte, se asemejaba a un lobo; además su antifaz en la cara lo hacía parecer salvaje para muchos, pero no para mí. A mí me parecía un detalle cómico: su antifaz parecía de vampirito. 

Nunca entendí por qué les daba miedo, hasta que me defendió de un borracho. Entonces sí se puso esponjado y feroz como lobo, mostraba sus colmillos filosos y la mirada amenazadora fija en el borracho. El tipo huyó muy asustado y Orejas se transformó a su estado amigable conmigo, sus pupilas se normalizaron y, poco a poco, se le quitaba lo esponjado.

Después de que lo adopté, siempre me sentí protegida. Sabía que él cuidaba de mí y de la casa –considerando la delincuencia en México, el tener un perro así de instintivo y asertivo era increíble–. Era capaz de identificar a distancia el lenguaje corporal de los asaltantes; por él me salvé de muchos peligros. Mi Orejas intimidaba sin duda, ¡fabulosos 35 kilos de poder! 

Pero adoptarlo no fue sencillo, sucedió gradual y bajo los términos de él. Justo después de que terminé mis estudios en Vancouver (y me enamoré de Canadá), regresé a México. Orejas fue a recibirme enseguida llegué a casa de mi abue. Era increíble nuestra conexión, hasta le platiqué de Canadá. Le dije que un día me iría de nuevo a ese lugar. 

Meses más tarde se metió a mi casa. Así, de pronto, un día que regaba las plantas, se metió. Me puse nerviosa pues mi abue seguro lo sacaría. Entonces, lo escondí en mi oficina, que era el cuarto más cercano a la entrada, ahí le puse un edredón en el piso (mi edredón favorito), y se acostó para dormir casi todo el día. Desde entonces, Orejas ya no saldría de nuestras vidas. Entraba y salía de la casa como él quería.

Cuando oficialmente se volvió mi perro, él ya tenía siete años de ser el rey del barrio. Mi abue me permitió tenerlo en su casa (después de que lo exigí usando mi chantaje de nieta consentida, y amenazándola de no vivir con ella nunca más). Mirando a Chore, me hinqué y le hice una promesa:

-Nunca te dejaré. A donde yo vaya, tú irás. Estaremos juntos hasta el final, hasta el final, Chore.

Orejas, AKA Chorejas, AKA Chore, AKA Chonino Jackson, AKA Chorejito (y más derivados), vivió conmigo en casa de mi abue por casi cuatro años. Aprobó a mi novio, ahora esposo, desde la primera vez que lo conoció. Me hizo saber que le caía bien, hasta se le repegaba a las piernas como gato (algo que nunca había hecho). Hasta yo le dije: 

-¡Chore, ten dignidad!, ¡qué bárbaro! –rolling eyes.

Ambos se quisieron al instante. Y yo, todavía, fui más feliz.

Cuando nos casamos, nos mudaríamos a un departamento. Así que, de nuevo, platiqué con él:

-¿Te acuerdas que te dije que a donde yo vaya, tú vas?

Chore muy atento escuchaba.

-Bueno, pues ya llegó el momento de mudarnos. Ya no vivirás en este barrio, pero estarás conmigo y eso es lo que importa, porque yo siempre te voy a cuidar –le di un abracito y beso en su frente.

Sin problemas se subió a la camioneta y emprendimos esa aventura –para entonces, Chore ya tenía más de doce años–. En el departamento fue muy feliz. Desde el balcón veía todo y, como no teníamos muebles, me acostaba con él en el piso; éramos muy dichosos.

Al año siguiente nuestra meta de vivir en Canadá se volvería realidad. Nuestros papeles estaban en camino y debíamos mudarnos en menos de mes y medio, justo en diciembre. Toronto sería nuestro nuevo hogar.

Yo estaba muy nerviosa porque Chore ya estaba grande y el vuelo me asustaba. Había escuchado muchas historias de perros congelados en el área de cargo. No sabía si el kennel le gustaría. En aquel entonces le daba ansiedad estar lejos de mí, así que mi esposo puso manos a la obra y comenzó a familiarizarlo con el kennel: lo metió al cuarto y poco a poco lo ayudó a acostumbrarse a dormir en él, hasta que se le hizo normal. Después, le compramos su ropa para la nieve: chamarra y suéter. Llegando el día del vuelo, lo abrigué y lo acompañé a su inspección antidrogas (¡qué risa!). Los oficiales le quitaron la chamarra.

-A ver muchacho, te vamos a revisar. No nos vayas a morder, ¿ok? Aquí sigue tu mamá. Agárrelo del cuello mientras lo revisamos, por favor.

-Sí, oficial.

Agarré a Chore y le dije:

-Tranquilo, sólo te van a sabrosear. Aquí estoy contigo.

El oficial lo revisó con un masaje muy sutil y respetuoso. Y así, de pronto, nos aprobó para el abordaje. Lo metieron al kennel y le volví a gritar:

-Pórtate bien, te veo al llegar. ¡Te amo, goldo! –Por dentro estaba nerviosísima.

En el kennel había escrito y pegado una hoja en ambos idiomas que decía: “Por favor, trátame bien. Este es mi primer vuelo. Atte: Chore”.

Cuando abordé, le pedí a la azafata que comunicara al capitán que traía perros en el cargo, así activaría el oxígeno y calefacción en el área de mascotas –un amigo que trabajaba en el aeropuerto me había dado ese tip, pues había visto muertes de mascotas por no avisarle al capitán–.

Durante todo el viaje estaba muy nerviosa, no dormí nada. Mi esposo también iba atento, alerta. Hasta que tocamos tierra, nos apresuramos a bajar para llegar a las bandas lo antes posible, pero los trámites migratorios nos detuvieron. Demoramos en salir ¡una hora! Nuestras maletas eran las últimas; ya se veían abandonadas. A la distancia, buscaba los kennels (también traíamos a Lorie, nuestra otra perrita, pero esa es otra historia). Entonces una azafata dormida al lado de ellos, cuidándolos, nos dijo: 

-Qué bueno que ya salieron, se ven muy tristes. 

Lentamente me asomé y vi a Chore con lágrimas en los ojos, ¡con lágrimas! Él nunca lloraba. Acostado, deprimido, él creía que lo había abandonado.

-¡Chore, aquí estoy!

Paró sus orejas disparejas y comenzó a chillar de emoción, metí mi mano rápido y pegué mi cara en la rejilla.

-¡Aquí estoy, aquí estoy! ¡Te dije que hasta el final! ¡Ya llegamos a tu nueva casa!

Nos acomodamos en un modesto departamento, el único que nos permitió llegar con dos perros de raza grande. Chore fue muy feliz ahí, le gustaba el bosque que había detrás. Ahí conoció por primera vez un mapache y una ardilla –cierro los ojos y lo veo correr tan contento, ¡cómo te extraño, Chore!–.

Después de vivir un año en ese lugar, nos mudamos a un basement muy acogedor. Meses más tarde, Chore presentaría molestias: había sangre en donde no debía, como su vómito. Lo llevábamos cada mes a chequeo por su edad –que ya se aproximaba a los 16 años, aunque nunca los aparentó. De hecho, en Canadá, nunca nos creyeron que tenía esa edad–. 

Todo estaba bien en apariencia. Sin embargo, de un mes para otro, le creció un tumor en la vesícula. Le hicieron estudios tratando de encontrar un atajo a su salud, pero no lo hubo. Nos pidió el doctor realizarle un ultrasonido y, camino a la clínica, una mujer que pasaba por ahí nos detuvo para decirnos de la nada:

-Qué hermoso perro, jamás había visto un perro más hermoso que el suyo. Eres el perro más increíble que he visto. Eres un diez de diez–Ok, I´m crying.

Aguantamos las lágrimas en aquel entonces mi esposo y yo. Le agradecimos a esa mujer, quien resultó ser sorda. Nos dijo que no escuchaba y sólo quería decirle eso a nuestro perro, yéndose conmovida y rápido. Hasta la fecha sigo sorprendida, sus palabras llegaron en el momento indicado.

Cuando salió de su ultrasonido, Chore corrió hacia mí muy contento. Me avisaba que ya sabían los doctores lo que tenía, me dio su patota y me golpeaba con la nariz las rodillas.

Entonces tres médicos especialistas entraron llorando:

-Es muy difícil para nosotros decirles esto porque tienen un gran perro, sólo lo hemos tratado unos minutos y es extraordinario. Lamentablemente no hay nada que podamos hacer por él. Aún con quimioterapia sufrirá mucho. Y si removemos la vesícula, es posible que el cáncer crezca en otro órgano, o que incluso lo tenga ya en otros órganos. 

-¿Cuanto tiempo le queda? –pregunté resistiendo el dolor.

-Una semana a lo mucho.

Abracé a mi goldo, y le dije:

– Sí, ya me dijeron qué tienes. Ya entendí, vámonos a casa.

Increíblemente, Chore iba muy feliz de regreso a casa. Avisé a mi familia en México y mi abue no tardó en agendar su vuelo a Toronto. Ella sabía que la necesitaría para sobrellevar mi tristeza.

A los dos días llegó y nos dimos a la tarea de consentir a Chore en todo. Le pedí mucho a Dios que me hiciera saber el día en que debía partir Chore, pues el tumor podía reventarse y moriría con mucho dolor y de hemorragia interna, pero al mismo tiempo yo quería tenerlo hasta el último momento. 

El hospital de animales nos dio un listado de doctores que ejercen la eutanasia en casa. Ahí conocimos al Dr. Robert, originario de Australia y quien inusualmente hablaba español. Le comenté el diagnóstico y que le quedaban un par de días a Chore, pero yo quería estar con él hasta su último aliento. Me dijo que le hablara por lo menos 4 horas antes.

Y así, un sábado me desperté sabiendo que ese era el día. Chore había pasado días previos con algo de dolor, pero justo ese día estaba como si nada. Eran las seis de la mañana y lo desperté diciéndole:

-Chore, tenemos que hablar.

Se levantó con honor, le puse la correa y nos fuimos al parque caminando solos. En un montecito mirando el amanecer, nos sentamos y entonces comencé:

-Sabes que te amo mucho, y creo que tú sabes mejor que yo lo que se aproxima. Lo veo en tus ojos, me lo haces saber, sé que estás listo y estás de acuerdo. Quisiera ser como tú, pero sufro mucho porque no te veré en un largo tiempo. Hoy debes irte a dormir en la memoria de Jehová.

Nos abrazamos hasta que amaneció y, por supuesto, Chore vio una ardilla y quiso ir tras ella –era un pingo hermoso y bribón–. Me hizo reír a pesar de tener la cara cubierta de lágrimas.

Regresamos a casa y toda esa tarde estaba organizada para él. Visitaríamos sus lugares favoritos: como la playa Woodbine y el restaurante para perros –donde vendían helados de carne–, después iríamos a nuestra pizzería favorita, ¨Descendant¨, para comer con él y esperar al Dr. Robert.

Llamé a la pizzería y pregunté si podíamos comer nuestra última comida con Chore, pero me dijeron que, por protocolos de salud, ningún perro podía entrar al establecimiento. Entonces colgué y pensé en improvisar algo, hasta que de pronto recibí una llamada de la pizzería.

-¡Hola de nuevo! Soy Peter, de las pizzas ¨Descendant¨, hablé con mi jefe y nos ha conmovido su situación. Queremos ofrecerles un picnic cerca de su casa o llevarles la pizza que ustedes quieran hasta su casa, cortesía de la casa.

-¿Es en serio? –lágrimas cayendo cual cascada de las Niágara.

Conmovidos, recibimos la pizza hasta la casa, algo inusual pues no ofresían delivery. Peter traía unas galletas gourmet para Chore que compró en una repostería para mascotas y con ellas las condolencias de todo el staff. Se retiró conteniendo el llanto.

Después, parados en la cocina, mi esposo, mi abue y yo, comimos con Chore en medio. Se comenzaba a notar agotado. El Dr. Robert no tardaba en llegar. Justo después de comer, tocaron a la puerta. 

-Ya llegó –mi corazón palpitaba fuerte.

-Tranquila, no le pases los nervios a Chore –dijo mi abue.

El Dr. Robert entró con unas cobijas y un maletín. Saludó en español a Chore.

-¡Wow! Mucho gusto, Chore, realmente eres guapo.

Mi chore le movió la cola, y olfateó el maletín. El Dr. Robert lo abrió para que Chore siguiera inspeccionando. Después de que indagó todo, Chore se sentó frente a él y le dio la pata. Todos estábamos impresionados, Chore nunca dio la pata a extraños, menos ofrecerla, eso ¡jamás! El Dr. Robert se hincó, tomó respetuosamente su pata y le dijo:

-Será un honor, Chore, gracias.

Era muy obvio que Chore sabía lo que estaba por pasar. Y así, acomodamos su cama, Chore mismo comenzó a despedirse: primero se sentó junto a mi abue, en sus piernas, y le dio la pata derecha y después la izquierda. Mi abue comenzó a hablarle:

-Sí, ya sé que te despides, Chore, perdóname por no recibirte antes en mi casa. Has hecho a mi chiquilla muy feliz, ¡ella te ama tanto! Te irás con mucho honor y sólo es por un rato, ya verás que nos volveremos a ver, ¿verdad?

Chore sonreía con tanta sabiduría y paz, que me tranquilizaban del mar que le lloraba. Entonces, se fue con Lorie (nuestra otra perrita). Se olfatearon y algo se dijeron porque Lorie lo miró triste y se colocó detrás de mi abue. Después, se dirigió a mi esposo, sólo recuerdo que le dijo el gran perro que había sido y cuánto lo quería. Mi mente está difusa con respecto a ese momento pues fue cuando mas lloré. Sabía que seguía yo, y no sabría qué hacer, pero Chore no fue hacia mí. Se acostó en su cama y me miró. Enseguida ya estaba a su lado. Él sabía que ahí estaría, no había necesidad de aproximárseme. Acostado, me dio su pata. El Dr. Robert comenzó a rasurarle su pata trasera y nos explicó que primero le inyectaría una solución que lo haría dormir, para después inyectar la segunda que lo haría partir. 

Besándolo, le dije cuánto lo amaba y le canté la canción que siempre le cantaba cada que lo veía sonreír al lado de mi cama: ¨Smile¨, de Charles Chaplin:

Smile tho’ your heart is aching
Smile even tho’ it’s breaking
When there are clouds in the sky
You’ll get by

If you smile
Thro’ your fear and sorrow
Smile and maybe tomorrow
You’ll see the sun come shining thro’ for you

Light up your face with gladness
Hide ev-‘ry trace of sadness
Altho’ a tear may be ever so near

That’s the time
You must keep on trying
Smile, what’s the use of crying
You’ll find that life is still worth-while

If you just smile…

Al recibir la segunda inyección, Chore dio su último respiro y, entonces, le dije en su oreja:

-Hasta el final, Chore, aquí estoy hasta el final.

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