Carta a Canadá

Image: A very Canadian Image. Oil on canvas
Image: A very Canadian Image. Oil on canvas

Por Maria Luisa de Villa Merrifield

En el día de Canadá, recuerdo el viaje desde la Ciudad de México y a su sol-Tonatiuh, y mi llegada al aeropuerto internacional Pearson en medio de una poderosa tormenta de nieve en 1961.

Un oficial de inmigración me recibió en Canadá y me dio una tarjeta de identificación de inmigrante. Este fue el comienzo de una nueva vida con Wyman James Merrifield, mi guapo esposo canadiense, el amor de mi vida. 

Durante los años siguientes, aprendería sobre los canadienses, su espíritu generoso y su rica tradición de voluntariado y conocimiento al servicio de la comunidad en la que todos vivimos, un hermoso concepto conocido como «tequio» en las comunidades indígenas de México. Conocí sus habilidades organizativas y su enfoque genuino, firme pero amable hacia todas las cosas.

Pienso en tiempos de cambio, cuando en medio de una gran controversia, Tommy Douglas implementó el sistema de salud del que todos nos beneficiamos y el Union Jack (Bandera del Reino Unido) fue reemplazado por una hoja de arce roja como la bandera nacional de Canadá e ícono de identidad nacional.

Me acuerdo de momentos en que los pueblos indígenas reclamaban su lugar legítimo como Primeras Naciones, los canadienses franceses nos recordarían una vez más que Canadá tiene dos idiomas oficiales, se abrazarían los derechos humanos y un líder intelectual y apuesto llamado Pierre Elliot Trudeau nos llevaría a convertirnos en un ejemplo global de una sociedad multicultural.

Pero, en aquel primer día en Canadá, durante el viaje hacia el norte a Sudbury, Ontario, a través de lo que parecía ser una imagen interminable de bosques nevados, eso fue amor a primera vista.

En el día de Canadá, reflexiono sobre la capacidad única de este país para abarcar todas las culturas y todas las voces y, su resistencia y unión en tiempos de incertidumbre como los que estamos experimentando hoy.

Pienso en su vasta tierra y majestuosas catedrales forestales tal como las veo, los 250,000 lagos de agua dulce solo en Ontario, cinco de los cuales son como mares.

Pienso en la alegría de recoger arándanos silvestres en el norte de Ontario con nuestros cuatro hijos y en la hermosa imagen del camino migratorio de la mariposa Monarca que une mis dos hábitats.

Pienso en cómo mi amor por dibujar de la naturaleza me llevó a explorar las maravillas de la isla Manitoulin, la costa del formidable cuerpo de agua que conforma el lago Superior y la tierra dorada que conocemos como el Yukón.

Pienso en las Primeras Naciones canadienses cuya presencia confirma una historia muy antigua y rica y con quienes me conecté al instante, ya que también habitan México y todas las Américas.

Pienso en la contribución a Canadá de tantos pueblos del mundo, de mexicanos-canadienses y trabajadores migrantes mexicanos que dejan a sus familias y países arriesgando sus propias vidas para trabajar duro en los campos de Canadá llevando comida a nuestras mesas.

Pienso en el amor de los canadienses por la naturaleza, el arte de la jardinería y la tradición de la pintura de paisajes a través de artistas como: Thomson, Milne, Kenojuak, Morriseau, Carr y Carl Beam.

No sorprende que el hermoso diseño minimalista de la bandera canadiense tenga la única imagen de una hoja de arce roja como icono patriótico, un icono que simboliza el ser canadiense. Alude a la naturaleza al igual que la pequeña flor de amapola roja, otro ícono en las imágenes colectivas de los canadienses.

La hoja de arce roja que resuena con elegancia simple, una característica de la personalidad canadiense y, las capas de la historia natural y cultural de la tierra, son la fuente de identidad nacional de esta gran nación que llamamos Canadá, la tierra que lleva el aroma de la hierba dulce.

(Traducción: The Bridge Canada)

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