Ángel (el de la guarda) / Colección Pandemonio (Cuentos de pandemia)

Experimento. México, 2020. Técnica: Acuarela sobre papel. Autor: Ek Balam.
Experimento. México, 2020. Técnica: Acuarela sobre papel. Autor: Ek Balam.

Por Ek Balam

Parte I

Ángel había tenido problemas de bruxismo desde pequeño. A los ocho años, fue objeto de cualquier tratamiento que le recomendaban a su madre: un lavado intestinal para deshacerse de la fauna maligna, infusiones de hierbas para calmar los nervios; otras, que prometían eliminar cualquier alimaña alojada en el intestino, hasta pastillas con las que había que tomar precauciones una vez que “el animal se asomara del niño”, según lo que le decían.

Nada sirvió para detener el rechinar de los dientes de Ángel y cada noche parecía que masticaba nueces de castilla con la envoltura incluida.

Conforme creció, se convirtió en un personaje más informado sobre diversos temas. Su problema no fue la excepción. Sabía, incluso, el origen etimológico de la palabra. De un vocablo inglés y éste, a su vez, del griego —repetía mentalmente con orgullo—. 

Se sometió a tratamientos para calmar la ansiedad, en caso de que el crujir fuera provocado por algo que el subconsciente arrastraba sutilmente durante el día, para dejarlo salir, con la máxima presión que la mandíbula de Ángel podía ejercer, por la noche.

Nada funcionaba.

Por las mañanas experimentaba el mismo cansancio y dolor que desde niño. Ya era parte de él. Lo aceptaba con resignación. Se resignaba con aceptación.

En las noches de estudio en la universidad se desvelaba hasta muy tarde y caía cansado después de repasar fórmulas químicas. Eran las únicas ocasiones en que el dolor cedía por las mañanas. Debe ser que el cuerpo está tan cansado que no le quedan fuerzas por ejercer o preocupaciones pendientes de canalizar —se decía—.

Desde la adolescencia comenzó a sospechar que el problema, al menos estructuralmente, estaba situado entre su hueso temporal y la mandíbula.

Durante un campamento, organizado por la escuela en la que estudiaba, fue tal el ruido, que impidió a los ocupantes de la tienda de campaña, y a los de tres a la redonda, conciliar el sueño.

Al segundo día, lo mandaron a dormir a la cabaña de los coordinadores del campamento, en una de las literas. Cerca de las tres de la mañana, el golpe lo despertó. Cuando miró hacia las demás literas, vio el movimiento de sábanas y cobijas de quién atisba y se cubre cuando es descubierto. Lo habían tirado de la cama.

En ese momento, era un verdadero Ángel caído.

Al tercer día, durmió en un catre, en un cuarto de servicio de la cocina, en la cabaña principal del complejo. Solo. Por lo menos, no pasó frío, como el resto de campistas. Una de las pocas cosas buenas, si no la única, que resultó de su condición.

Los especialistas que atendían cerca de su casa concluyeron que no había dificultades mecánicas graves en la boca del púber Ángel. El problema era de fondo, comentaban a su madre, y sugerían actividades en las que cultivara la mente.

Así, Ángel fue de los primeros en su generación, en el círculo social en el que se desenvolvía, en practicar yoga, meditación, control de respiración y otras disciplinas que le sirvieron para fines diversos. No para el rechinido.

Particularmente, el control de respiración hizo grandes aportaciones a una relación exploratoria y de descubrimiento que sostenía con Claudia, una amiga de su niñez.

La voz se corrió pronto. Ángel tuvo varias y diversas relaciones durante una larga temporada. Si se hiciera un recuento y se establecieran conexiones interpersonales en la ciudad en la que habitaba en ese entonces, muchas personas en varias zonas le deberían, directa o indirectamente, alguna experiencia, alguna mejora, o algún hábito sexual a Ángel.

Atraídas por la respiración, alejadas por la crepitación, ninguna duró más de un par de meses. En cuanto tenía que compartir el amanecer, las excusas afloraban.

Las escuchó elaboradas, unas; otras, dos o tres, francas y directas.

No obstante, era tal su dominio del ritmo de las inhalaciones y exhalaciones, que se reflejó en otras disciplinas: era buen nadador, cantaba, se convirtió en corredor de fondo, entre otras.

Pero los dientes no dejaban de chirriar.

Parte II

Un día, Ángel leyó un artículo en un sitio especializado. El tema, el suyo. Bruxismo, causas y soluciones era el título. O algo parecido.

Repasó una y otra vez las referencias citadas en el texto.

Una cosa llevó a la otra. Localizó a un experto. Planteaba que con un dispositivo era posible mitigar el problema y reducir el daño provocado, por la condición de Ángel, a la valiosa dentadura y al conjunto oclusivo.

Con escepticismo, siguió su investigación hasta dar con el inventor.

No tenía muchas esperanzas por diversas razones.

Una de ellas, que ya había intentado usar una guarda dental sin éxito. Si no le lastimaba la encía, le laceraba el paladar. Al final de esos intentos, cada guarda terminó en un anaquel del baño de su cuarto. Un estante de trofeos que conmemoraban la derrota de la ciencia en Ángel.

Lo que habría de emprender era, por tanto, un verdadero acto de fe: Ángel en busca de guarda.

Otra razón era que el especialista estaba en el país vecino. Eso, además de situar sus esperanzas a ras de suelo, implicaba un verdadero impedimento, ya que había restricciones a la movilidad transfronteriza por el mal que aquejaba a la humanidad en ese momento.

Ángel no estaba de acuerdo con esas medidas, ni con las impuestas en su país. Pensaba que si la enfermedad en cuestión, eventualmente, encontraría a propios y a extraños, lo más conveniente era que lo hiciera ante la mejor condición física que se pudiera tener y enfrentara la mejor respuesta inmune posible. Aspiraba consciente e inconscientemente a ser parte del grupo de personas asintomáticas, pero si no era así, daría una batalla considerable.

Estaba convencido de seguir las medidas recomendadas, no para evitar contagiarse, sino para no contagiar a otros —sospechaba que ya era portador—, entre ellos, sus propios padres. Al final de cuentas, las cumplía.

Como en otras ocasiones e investigaciones, hizo anotaciones, en una libreta, con una pluma fuente que usaba desde hacía años y que, le parecía, hacía fluir mejor la información.

Nombre. Dirección. Teléfono. Correo electrónico. Diversos datos se unieron a otros que ya habitaban en el rectángulo de papel.

El asunto no fue sencillo para Ángel. Al parecer, el artículo en el que había encontrado un posible paliativo para su contrariedad había elevado la demanda de los servicios del especialista.

Durante tres días intentó comunicarse en horarios normales de labores sin éxito. Desde el segundo, escribió un mensaje enviado por correo electrónico en el que explicaba, en un idioma que no era el suyo y brevemente, la situación que lo había acompañado por años.

Recibió una comunicación inmediata. Se sorprendió cuando vio el remitente en la bandeja de entrada. Eso es rapidez —pensó—. Sólo era una respuesta generada en forma automática por el sistema de comunicación. Le agradecían haberse puesto en contacto y pedían paciencia para recibir atención personalizada, de parte de uno de sus representantes.

Después de una semana y media de intentos, y cuando estaba a punto de olvidar esa opción, recibió una llamada.

Era una de las personas que atendían las congestionadas líneas telefónicas. Con una voz evidentemente fingida para suavizar al máximo el trato, una técnica usada en ciertos esquemas de ventas por teléfono —según recordaba haber leído—, la mujer le habló en un idioma que Ángel había aprendido y practicado durante mucho tiempo.

Ángel explicó, con algunos reparos para recordar las palabras concretas, su problema.

La voz dijo que podían ayudarlo. Bajo otras circunstancias y otros tiempos, Ángel se habría entusiasmado. Escuchó sin sentimientos. Sin emociones. Sin expresiones. Hierático. Como un escéptico a quien le intentan vender un tónico milagroso que puede curar, incluso, el hambre en el mundo.

Escuchó las instrucciones. La pluma dejaba sus marcas, guiada por el entusiasmo mesurado, casi nulo, de Ángel. ¿Qué podía perder?

Parte III

Cuando aterrizó el avión, pudo constatar que las medidas con las que no comulgaba eran aún más estrictas que en su país.

Personal de la autoridad sanitaria condujo a los pasajeros, con los mayores cuidados de higiene que había visto, a habitaciones, para ser revisados.

Les practicaron pruebas rápidas. Quienes resultaban negativos eran liberados no sin antes haber leído un tríptico con información sobre la propagación y qué hacer en caso de contagio.

A quienes se les practicaba la prueba y ésta no arrojaba un resultado concreto, se les obligaba a pasar las noches que fueran necesarias, para descartar o como cuarentena, en habitaciones acondicionadas para alojar a una sola persona. De acuerdo con sus cálculos, debió haber doscientas. Y no fueron realmente sus cálculos, sino que le tocó la última de las habitaciones del complejo.

Un flujo normal de vuelos y de pasajeros saturaría de inmediato los cuartos disponibles —pensó—.

Dos horas después de que pudo dormir, sin saberlo e involuntariamente, Ángel logró reunir al operador, a la coordinadora y al supervisor frente al monitor de la cámara del cuarto donde crujía los dientes.

Tuvieron que descartar que fuera una falla técnica del sistema de audio o que Ángel fuera una clase de espía que trataba de comunicarse con algo remotamente parecido al código Morse.

Enviaron a alguien a que revisara. Después de una explicación, la disminución del volumen en el sistema de monitoreo y unas cuantas risas del equipo de seguridad, Ángel durmió de nuevo.

Ya en su destino y una vez que tomaron el molde con la mordida de Ángel, pudo reservar un asiento en un vuelo que saldría hasta la siguiente semana.

Aprovechó para recorrer la ciudad de día y constatar la fama de su actividad nocturna. Todo a medio cupo, por las medidas impuestas como condición para la reactivación económica.

Parte IV

Ya reinstalado en su cotidianeidad, Ángel mezclaba químicos un martes por la tarde. A las diez y media de la noche correspondió la seña de despedida de la última persona que seguía en el lugar, quien golpeó levemente el vidrio dos veces y se asomó por la ventana de la puerta.

Era la mañana del miércoles, cuando una de las dos personas —se turnaban para trabajar un día cada una, por las medidas determinadas por las autoridades de salud— que limpiaban su oficina, primero, y su laboratorio, después, encontró en el segundo lugar a Ángel, en el piso. Estaba inconsciente.

Un hilillo de sangre escurría de su boca. No demasiada.

Por una experiencia anterior, durante un accidente en las mismas instalaciones, todo el personal tenía instrucciones de no mover a la persona en cuestión, para no agravar una posible condición no visible a simple vista.

Los gases derivados del compuesto en el que trabajaba, ya de madrugada, se habían mezclado con otro que se fugaba del tanque de metal que lo contenía. La mezcla se conjuntó tóxicamente.

Cuando Ángel se retiró la máscara filtrante, en lo que consideró un entorno seguro, inhaló parte de la mezcla y casi perdió el conocimiento.

Si bien no sufrió un desmayo, hubo suficiente en sus pulmones para hacerlo perder el equilibrio.

Lo que noqueó a Ángel fue el contacto con una de las mesas de acero. Fractura de mandíbula. Pérdida de molares de uno y otro lado, ya que cayó, sin reacción posible, al piso. El sistema de extracción y filtración de aire le salvó la vida.

Los servicios de emergencia llegaron rápidamente.

Ángel fue sometido a dos cirugías. Una, debido a la fractura de mandíbula. Convaleció en su casa.

La segunda, para fijar implantes dentales en los molares perdidos al contacto con el frío e implacable suelo del laboratorio.

Pasaron meses para que recuperara la movilidad total, al hablar, al comer.

Un viernes, tocaron a la puerta. Era un trabajador de una compañía de paquetería del país vecino que operaba también en el territorio en que Ángel vivía desde que había nacido.

Salvo sus datos personales, el resto de la etiqueta estaba en una lengua extranjera.

Al abrirlo, cayó en cuenta de que su problema no había ocupado sus pensamientos desde el incidente. No sentía dolor por las mañanas. Su novia no había hecho los matutinos comentarios y analogías derivados de su crepitar.

Cuando abrió el paquete y sacó el dispositivo pensó en el estante de trofeos.

Tendría que vaciarlo.

La ciencia había curado a un Ángel escéptico. Pero no directamente.

Nada como un buen golpe a tiempo —se dijo—.

Tres días después, el anuncio clasificado que contrató en uno de los periódicos de mayor circulación se publicaba:

¿Tiene seguro de gastos médicos?, soluciono su problema de bruxismo. Golpe seguro. Buen Precio. Ángel. Teléfono (…)

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